LOS TRES ESTANDARTES (Poema del Perú inconcluso)

Proemio: La piedra que recuerda

No cantaré la fecha solamente,
ni el bronce satisfecho del clarín;
hay patrias que celebran su comienzo
sin comprender aquello que perdieron al partir.

Tampoco invocaré muertos ilustres
para ocultar la desnudez del porvenir;
la gloria que no exige descendencia
es otra forma decorosa de morir.

Pregunto por la fuente de la obediencia,
por qué una ley merece gobernar,
por qué los hombres llaman patria al suelo
y no a cualquier lugar donde puedan habitar.

Tres signos disputaron estas cumbres:
el Disco, la Cruz y el Pabellón;
cada uno prometió ordenar el mundo,
cada uno reclamó una consagración.

Pero detrás del oro y de la púrpura,
del aspa roja y del pendón carmín,
permaneció, aguardando entre las piedras,
la antigua cuestión que nunca tuvo fin.

¿Quién ciñe al poder cuando se alza?
¿Quién juzga al que se sienta a juzgar?
¿Quién guarda al guardián de la República
cuando el guardián se empieza a coronar?

No basta derribar una columna
para que el hombre aprenda a ser señor;
la libertad, si no recibe forma,
es solamente el privilegio del mayor.

Por eso escribo al borde de tres mundos,
donde el pasado aún no sabe concluir:
quizá el Perú no sea una nación nacida,
sino una nación que todavía debe decidir.

CANTO I

El Disco Solar

Antes que el hombre levantara muros,
el Ande había erigido su altar;
la nieve administraba las alturas
y el río obedecía para llegar al mar.

No fue primero el Inca, sino el orden;
no fue primero el cetro, sino el Sol;
antes de gobernar sobre los hombres,
había que descifrar la voluntad del dios.

El Cuzco no fue apenas una sede,
sino un ombligo abierto a la creación;
sus piedras no cargaban un palacio:
sostenían la gramática de una cosmovisión.

El puma se extendía entre los muros,
la piedra hablaba en lengua mineral;
cada juntura negaba al terremoto
el derecho de abolir lo fundamental.

En el Coricancha ardía el mediodía,
cautivo el Sol en láminas de luz;
el oro no compraba voluntades:
era espejo de un poder que venía de más allá.

El Inca no inventaba la mañana,
ni daba al maíz su facultad de germinar;
su majestad consistía en ser el puente
por donde el cielo descendía a gobernar.

El quipu entrelazaba cifra y tiempo,
tributo, sangre, ausencia y población;
cada nudo era una forma de memoria,
cada cuerda, una reserva de razón.

El Qhapaq Ñan hendía las montañas
como una arteria abierta en el confín;
por él corrían órdenes y ofrendas,
la voz del centro hasta el extremo del país.

La mita, el ayllu, el tambo y la terraza
hacían del rigor una comunidad;
la tierra no era un objeto poseído,
sino una herencia administrada por necesidad.

No idealizo el látigo ni el hambre,
ni olvido al pueblo sometido al vencedor;
también el Sol proyecta largas sombras
cuando un mortal pretende encarnar su resplandor.

Porque aun el hijo augusto de los astros
podía confundir servicio y posesión;
todo vicario acaba siendo ídolo
si olvida que su brillo no nació en su corazón.

Sin embargo, aquel mundo comprendía
lo que la edad moderna olvidará:
que el poder, para no adorarse a sí mismo,
necesita una altura ante la cual se ha de inclinar.

El cóndor contemplaba desde arriba
los cuatro suyos vueltos unidad;
no conocía todavía las fronteras,
pero sabía distinguir el centro del azar.

Entonces Huáscar se volvió presagio,
Atahualpa desconoció la sucesión;
antes de oír los cascos extranjeros,
el reino había partido su interior.

La guerra fratricida abrió la puerta
que ninguna muralla pudo cerrar;
cuando el principio de unidad se quiebra,
hasta el imperio aprende a mendigar.

Y por el mar llegaron otras velas,
otro metal, otro idioma, otra cruz;
el Sol miró en los filos castellanos
una distinta pretensión sobre la luz.

No cayó solamente una dinastía,
ni fue Cajamarca un episodio militar;
dos concepciones de la providencia
midieron sus abismos frente al mismo altar.

El Disco no murió entre las ruinas;
se ocultó debajo de la cristiandad;
desde entonces arde bajo cada templo,
esperando que alguien sepa integrarlo sin negar.

CANTO II

La Cruz y las Columnas

Desde Occidente vino un bosque móvil,
con velas inflamadas por la sal;
en cada mástil viajaba una frontera
que había jurado no volver atrás.

Las Columnas de Hércules decían
que el límite era apenas un umbral;
Plus Ultra ardía sobre el océano
como mandato, tentación y voluntad.

No llegó España como una sustancia
sin contradicción, codicia ni dolor;
llegaron juntos el soldado y el fraile,
el hambre de la tierra y el temor de Dios.

La Cruz de Borgoña abrió sus ramas
sobre la pólvora, el puerto y el pendón;
el aspa parecía dos maderos
disputándose el alma del conquistador.

Santiago cabalgaba en los estandartes,
pero también Francisco ante el leproso;
una mano desenvainaba la conquista,
la otra escribía que el indio no era un monstruo.

Vitoria interrogó desde Salamanca
si el mundo podía darse por ocupación;
Las Casas levantó contra la espada
el incómodo Evangelio de la encarnación.

No toda ley detuvo la violencia,
ni toda bula corrigió la ambición;
pero hubo dentro del poder un juicio
que discutía el derecho del vencedor.

Esa disputa fue también España:
no solo el hierro que logró someter,
sino la conciencia que, dentro del Imperio,
se atrevió a preguntar si era justo vencer.

Sobre el ushnu se alzó la catedral,
y una campana despertó al antiguo Sol;
las piedras incas sostuvieron arcos
donde el latín habló con el idioma del cóndor.

La Virgen tomó rostros de montaña,
la cruz floreció junto al maizal;
los santos aprendieron procesiones
con el paso solemne de un antiguo ritual.

El barroco doró sus contradicciones,
ángeles arcabuceros custodiaron el altar;
Europa encontró plumas en sus alas,
y los Andes, otra forma de mirar.

El quechua recibió los Evangelios,
el castellano aprendió a nombrar la puna;
ninguna lengua salió intacta del encuentro,
ninguna sangre permaneció siendo una.

La plaza reunió cabildo e iglesia,
comercio, procesión y autoridad;
la ciudad hispana ordenó sus diagonales
sobre la línea más antigua del solar.

Lima vistió balcones y blasones,
San Marcos discutió razón y ley;
en los claustros nació un nuevo criollo
que era del reino sin haber nacido en él.

El Toisón resplandecía en la distancia,
el Escorial guardaba al soberano;
pero la Corona se volvió presencia
en cada sello, audiencia y escribano.

No era el Rey un hombre solamente,
ni la Monarquía un simple patrimonio familiar;
era la ficción solemne de un principio
que hacía al territorio imaginarse en unidad.

El monarca, aunque remoto, representaba
algo que ningún virrey podía poseer:
que el mando no nacía del funcionario
y que administrar no equivalía a ser.

Mas cuando el cetro olvida su misterio
y la distancia sustituye a la razón,
la obediencia empieza a parecer tributo
y la fidelidad se vuelve resignación.

Las reformas tensaron las provincias,
el centro quiso medirlo todo desde sí;
cuando la Corona dejó de ser un vínculo,
comenzó a sentirse como un límite sin fin.

Túpac Amaru alzó el nombre del Inca,
pero habló también en nombre del buen Rey;
en su rebelión convivieron dos memorias:
la justicia del ayllu y la justicia de la ley.

Así el Perú creció entre dos altares,
sin ser ya Inca ni peninsular;
el Sol debajo, sobre él la Cruz,
y entre ambos una sangre que empezaba a preguntar.

¿Era esta tierra un miembro de la Monarquía,
o una riqueza obligada a obedecer?
¿Podía el reino llamarse universal
si unos nacían para mandar y otros para ceder?

La Cruz no respondió con una sola voz,
ni España fue un bloque sin fisura;
en Cádiz empezó a temblar la antigua forma,
mientras América exigía representación y arquitectura.

Y así las viejas Columnas del Imperio,
que habían ordenado el mundo ultramarino,
vieron al mar devolverles la pregunta:
¿quién hereda la ley cuando se extingue el legítimo?

CANTO III

La Corona suspendida

Napoleón entró por las fronteras
y no tomó solamente una ciudad;
al colocar un huésped en el trono,
desnudó la fuente de la autoridad.

Si el Rey estaba preso, ¿quién mandaba?
¿La Junta, el pueblo, el reino o la nación?
La ausencia de una frente coronada
abrió en el mundo hispano una interrogación.

Cádiz levantó sus viejas Cortes
sobre el asedio, el hambre y el cañón;
la Monarquía buscó dentro de sí misma
la forma de no morir por su concentración.

Allí pudo nacer otra concordia:
un Rey sujeto al pacto y a la ley,
unas provincias vivas en las Cortes,
y una nación más grande que la sangre de su Rey.

No era preciso degollar la historia
para aprender el arte de elegir;
la tradición también puede reformarse
cuando comprende que conservar no es impedir.

Quizá un Borbón ceñido por las cámaras,
un Parlamento abierto al ultramar,
habría unido Corona y ciudadanía
sin condenar al reino a naufragar.

No era servil preferir aquella forma,
ni amar menos al suelo del Perú;
a veces el conservador defiende el cauce
porque conoce la violencia del alud.

La monarquía parlamentaria habría sido
la tregua entre la herencia y la razón:
un símbolo por encima de las facciones,
un gobierno responsable ante la representación.

Pero Fernando regresó sin aprender nada,
confundió restauración con absolutismo;
quiso recuperar el cetro sin sus límites
y terminó acelerando el separatismo.

Cuando la autoridad rechaza reformarse,
transforma la obediencia en rebelión;
el poder que no admite arquitectura
obliga a que la espada escriba su Constitución.

En Lima, los salones discutían
si el Perú debía romper o negociar;
el miedo no era solo a los realistas,
sino al vacío que quedaría en su lugar.

San Martín conocía aquel abismo:
sabía que vencer no basta para fundar;
por eso imaginó un trono americano
capaz de dar continuidad sin colonizar.

Un príncipe podía ser el símbolo
de una soberanía nueva y nacional;
no para devolver el reino a España,
sino para impedir que cada general fuese imperial.

Mas la palabra “rey” olía a cadenas
para quienes acababan de luchar;
no comprendieron que el nombre del monarca
podía limitar a los que ansiaban gobernar.

El liberal veía un pueblo soberano,
el conservador, un cuerpo histórico también;
uno temía que el cetro fuera tiranía,
el otro, que cien caudillos sustituyeran a un Rey.

No hubo acuerdo entre las dos prudencias,
ni tiempo suficiente para madurar;
la guerra exigía fórmulas inmediatas
donde la historia reclamaba meditar.

La Corona quedó entonces suspendida,
ni española, ni peruana, ni imperial;
un aro de oro flotando sobre el Ande,
sin encontrar una frente nacional.

No lloraré a Fernando ni su corte,
ni pediré que vuelva aquel ayer;
la nostalgia que no distingue los principios
es otra forma de negarse a comprender.

Pero tampoco llamaré progreso
a todo lo que vino tras el Rey;
el cambio de una forma no demuestra
que la siguiente haya encontrado mejor ley.

La pregunta permaneció sin dueño:
¿cómo impedir que el mando sea botín?
La Corona había respondido con la herencia;
la República tendría que responder desde el confín.

¿Podría el voto producir obediencia
sin una tradición que enseñara a consentir?
¿Podría el pueblo contener a sus caudillos
si cada vencedor se proclamaba el porvenir?

Aquella monarquía que no pudo serlo
no es un fantasma que debamos restaurar;
es el espejo de una ocasión perdida:
conciliar continuidad, libertad y autoridad.

Y mientras el oro permanecía en el aire,
el Protector desplegó otro pabellón;
la Corona no cayó sobre una cabeza:
se fragmentó en espadas de liberación.

CANTO IV

La Bandera y la promesa

Dicen que el sueño dibujó sus aves,
que el rojo y blanco descendieron junto al mar;
pero ninguna bandera nace en sueños
si una conciencia no decide despertar.

El rojo recibió sangre y memoria,
el blanco, una promesa de igualdad;
entre los dos quedó una franja invisible:
la difícil construcción de la legalidad.

San Martín proclamó sobre la plaza
que el Perú era libre e independiente;
la frase abrió las puertas de la historia,
pero no hizo al ciudadano de repente.

Una declaración puede romper vínculos,
no puede fabricar una nación;
la libertad jurídica es una puerta,
no la casa, ni el techo, ni el fogón.

Bolívar llegó con la tormenta,
Ayacucho selló la emancipación;
el cóndor vio a los viejos estandartes
descender ante una nueva formación.

Mas después del humo de la batalla,
cuando el sable regresó a su guarnición,
quedó desnuda la pregunta más severa:
¿quién obedecerá a quién, y por qué razón?

La vicuña entró en el nuevo escudo,
libre y esquiva sobre el campo azul;
llevaba en su figura la riqueza
que no debía convertirse en servidumbre común.

La quina levantó su tronco frágil,
remedio nacido en la montaña;
recordaba que el suelo puede curarnos
y que también la codicia lo desangra.

La cornucopia derramó sus monedas,
promesa mineral de prosperidad;
mas todo cuerno de abundancia se hace herida
cuando la renta sustituye a la capacidad.

Tres emblemas cifraron la República:
naturaleza, salud y producción;
pero faltaba aún el cuarto símbolo,
el hombre capaz de darles dirección.

Las Constituciones se sucedieron
como estaciones sin estabilidad;
cada facción escribía un nuevo pacto
para hacer de su victoria legalidad.

El papel no consiguió domesticar la espada,
ni el artículo venció al pronunciamiento;
cuando la ley depende del cuartel,
la Constitución se vuelve un campamento.

Gamarra, Castilla, Orbegoso, Salaverry:
nombres que cruzan pólvora y salón;
cada caudillo prometía ser el centro,
cada centro multiplicaba la división.

La República aprendió demasiado pronto
que destronar a un Rey no elimina el trono;
cuando no existe un símbolo común,
cada ambición intenta coronarse sobre el otro.

Sin Corona, el poder buscó uniformes;
sin dinastía, se heredó la rebelión;
el sable fue la forma provisoria
de resolver el déficit de institución.

No toda autoridad militar fue infamia,
ni todo civil, custodio de la ley;
pero el país confundió durante décadas
el orden con la fuerza del que puede vencer.

Castilla rompió cadenas verdaderas,
abolió tributos, afirmó la autoridad;
mas ni el guano ni el tesoro de las islas
lograron convertir riqueza en posteridad.

La cornucopia vomitó abundancia
sobre una administración sin previsión;
el porvenir fue hipotecado al presente,
y el presente lo celebró como expansión.

Después el mar vistió su uniforme oscuro,
y Grau convirtió el mando en dignidad;
no porque el Huáscar pudiera ser invicto,
sino porque el honor venció a la fatalidad.

Bolognesi sostuvo en Arica
una respuesta más fuerte que el cañón;
cuando una patria pierde hasta sus armas,
todavía puede conservar su obligación.

La guerra arrancó provincias y certezas,
incendió bibliotecas, campo y capital;
el Perú miró en sus propias ruinas
cuánto cuesta improvisar lo nacional.

Cáceres hizo de los Andes resistencia,
el campesino se volvió nación;
allí la República encontró por un instante
el cuerpo que olvidaba en su proclamación.

Pero acabada la emergencia y el martirio,
regresaron la distancia y la exclusión;
el indígena volvió a ser paisaje
para una élite que hablaba de integración.

La Bandera cubría todo el mapa,
mas no todo el mapa se sentía en el Perú;
el Estado era una voz desde la costa,
y la montaña respondía desde otra latitud.

Así el pabellón heredó dos mundos,
sin reunir el Disco y la Cruz;
se proclamó comienzo absoluto
sobre una historia que seguía dando luz.

El rojo guardó sangre inca e hispana,
el blanco quiso absolver la escisión;
pero una tela no reconcilia siglos
si el alma no acepta toda su composición.

CANTO V

El Leviatán fatigado

Entonces creció el Estado entre oficinas,
sellos, decretos, claves y papel;
cada despacho prometía ser arteria,
cada frontera interior negaba aquella red.

El Leviatán nació sin una forma única:
tenía cabeza en Lima y pies sin conexión;
sus brazos se extendían por provincias,
pero no siempre recibían la misma circulación.

Desde la costa dictaba sus medidas
para la sierra, la frontera y el manglar;
confundía uniformidad con unidad
y presencia burocrática con capacidad de gobernar.

No era pequeño solamente por sus medios,
ni grande por el número de su personal;
era un cuerpo que gastaba su energía
en transmitirse órdenes que no podía ejecutar.

Cada nivel guardaba su parcela,
cada oficina, su pequeño tribunal;
el Estado se volvió un archipiélago
unido por membretes, no por finalidad.

El centro temía perder dominio,
la periferia aprendió a desconfiar;
la descentralización cambió competencias,
pero no siempre consiguió poder articular.

Regiones trazadas sobre viejos departamentos,
municipios sin recursos para actuar;
la forma multiplicó autoridades,
sin crear el músculo para coordinar.

Así la entropía no llegó con estrépito,
ni derribó de golpe la institucionalidad;
se filtró como arena entre engranajes,
haciendo costumbre la incapacidad.

La ley permanecía en los anaqueles,
la competencia figuraba en el manual;
pero entre la norma y el resultado
crecía un territorio sin responsabilidad.

El ciudadano aprendió dos lenguajes:
el derecho escrito y la excepción real;
uno afirmaba que todos eran iguales,
el otro preguntaba a quién debía llamar.

La corrupción no fue solo una bolsa,
ni un funcionario dispuesto a delinquir;
fue también la arquitectura de incentivos
que volvió racional servirse antes que servir.

La Constitución perdió su energía meta-normativa:
su poder dejó de irradiar;
seguía escrita encima de las leyes,
pero ya no alcanzaba a ordenar su realidad.

El calibrador permanecía en silencio,
la desviación dejaba de sorprender;
cuando la anomalía se vuelve cotidiana,
la norma empieza a obedecer al acontecer.

El Leviatán respiraba con dificultad,
cargado de promesas sin ejecución;
cada gobierno añadía nuevas funciones
a un cuerpo que no podía cumplir su anterior misión.

No faltaban normas, planes ni discursos,
faltaba convertir decisión en capacidad;
la política confundía anunciar el rumbo
con construir el vehículo para llegar.

Mientras tanto, el mercado abría puertas,
la técnica aceleraba su expansión;
el Estado respondía a problemas digitales
con expedientes herederos del virreinato en tramitación.

La República adoró a veces la reforma
como si cambiar el nombre fuera transformar;
pero ninguna institución renace
si conserva intacta la lógica de su mal.

El Sol había entendido la reciprocidad,
la Corona, la continuidad del poder;
la Bandera proclamó ciudadanía,
mas el Leviatán no supo integrarlos en su ser.

Del ayllu pudo aprender comunidad;
del cabildo, representación local;
de las Cortes, límite al soberano;
de la República, igualdad constitucional.

Pero prefirió narrarse como ruptura,
cada época negando a la anterior;
y un país que se mutila la memoria
termina gobernado por su contradicción.

No es España el origen de todo vicio,
ni el Tahuantinsuyo, un paraíso sin dolor;
tampoco la República es por su nombre
la culminación necesaria de lo mejor.

Somos la mezcla aún no comprendida,
la piedra inca debajo del balcón,
la imagen de Cristo entre montañas,
y una bandera buscando su razón.

El Leviatán no necesita otro caudillo,
ni una espada que prometa redención;
necesita una arquitectura que transforme
la autoridad dispersa en cooperación.

No un centro que devore las provincias,
ni regiones convertidas en feudos de ocasión;
sino un Estado capaz de ser un cuerpo
sin anular la plural respiración.

La macro-región podría ser entonces
más que un dibujo técnico o electoral:
el intento de devolver escala al gobierno,
territorio a la política y fuerza a lo local.

Pero ninguna reforma vence sola
la antigua enfermedad del corazón;
la estructura puede ordenar los incentivos,
no fabricar virtud por disposición.

El hombre sigue siendo el gran problema
que ningún organigrama puede abolir;
porque el poder, aun bien distribuido,
puede encontrar nuevas maneras de servirse y corrompir.

Por eso el Leviatán, aun reparado,
requiere una ley que no pueda producir;
un límite anterior a sus decretos,
una verdad ante la cual deba rendirse al decidir.

CANTO VI

El trono vacío

En medio del salón de la República
permanece un trono que nadie puede ver;
no tiene terciopelo ni corona,
pero todos los gobiernos quieren poseer.

Se sienta allí quien dice representar al pueblo,
quien firma, legisla, acusa o juzga la ley;
cada poder proclama ser delegado,
pero en secreto sueña con volverse Rey.

El trono no quedó vacío por ausencia
de un descendiente apto para reinar;
quedó vacío para que ningún hombre
confundiera su persona con la totalidad.

La República debía hacer visible
que el mando es temporal y funcional;
que nadie posee la soberanía
como se posee una finca o un mineral.

Pero el cargo conservó antiguas liturgias:
séquitos, retratos, honores, procesión;
quitamos el lenguaje de la corte,
no siempre el apetito de adoración.

La presidencia fue a veces una Corona
sin memoria, dinastía ni tradición;
un poder con ambición monárquica
y duración insuficiente para asumir obligación.

El Congreso quiso encarnar al pueblo,
el Ejecutivo, la necesidad de actuar;
el juez, la última palabra de la norma,
y cada uno olvidó que también debía escuchar.

Cuando los poderes dejan de limitarse
para intentar mutuamente destruir,
la separación se convierte en guerra
y el equilibrio en derecho a impedir.

No basta invocar la democracia
si el voto absuelve cualquier decisión;
también la mayoría necesita límites,
pues el número no transforma el error en razón.

No basta invocar la Constitución
como un conjuro ante la arbitrariedad;
un texto no gobierna por sí mismo
si nadie acepta perder para hacerlo respetar.

El trono pertenece a la justicia,
pero la justicia no es propiedad del juez;
es una medida que también lo mide
cuando interpreta, sentencia o rehace la ley.

El trono pertenece a la verdad,
aunque la política prefiera negociar;
sin una realidad fuera del discurso,
todo poder puede absolverse al hablar.

El trono pertenece al bien común,
no al partido, al gremio o al vencedor;
gobernar es ordenar bienes diversos,
no convertir una facción en la nación.

Y por encima de la arquitectura,
más allá de la voluntad y la elección,
el trono pertenece al Logos
que impide al César reclamar adoración.

No propongo una teocracia de funcionarios,
ni que el púlpito administre la ciudad;
digo que el poder necesita trascendencia
para no declararse fuente de moralidad.

El Rey debía arrodillarse ante el altar,
el Inca respondía ante el Sol;
la República, que no reconoce símbolos superiores,
corre el riesgo de inclinarse ante su propia voz.

La secularidad puede proteger conciencias,
separar jurisdicciones, impedir coerción;
pero se vuelve estéril cuando imagina
que la ley nace sin antropología ni convicción.

Toda comunidad política descansa
sobre una imagen de lo que el hombre es:
criatura, ciudadano, consumidor, átomo,
hermano, rival, recurso o simple interés.

Si el hombre es solamente apetito,
el Estado será policía y transacción;
si es imagen de una dignidad trascendente,
la libertad será también responsabilidad y vocación.

El trono vacío no reclama un monarca,
sino un principio imposible de usurpar;
una altura que recuerde al gobernante
que mandar es responder y no apropiarse del lugar.

Quizá por eso una Corona limitada
habría servido como reserva de unidad;
no por virtud genética del soberano,
sino por separar símbolo y gobierno de actualidad.

Un Rey reina y un gabinete gobierna;
las Cortes deliberan, la justicia da razón;
la forma puede impedir que cada crisis
ponga en juego la existencia misma de la nación.

Pero la historia tomó otro sendero,
y no se vuelve atrás por voluntad;
la misión no es restaurar viejos nombres,
sino rescatar el principio que pudieron representar.

Dar permanencia donde todo es coyuntura,
dar límite donde manda la ambición,
dar rito a la transferencia del poder
y un centro que no dependa de la facción.

La República puede aprenderlo
sin renunciar a su elección popular;
no hay contradicción entre soberanía
y reconocer que el poder no se puede divinizar.

Así el trono seguirá vacío,
no como carencia, sino como prohibición:
nadie merece ocupar por completo
el lugar reservado a la justicia y a Dios.

CANTO VII

El cuarto estandarte

¿Qué bandera podrá reunir al Disco,
la Cruz de Borgoña y el rojo bicolor?
¿Debe vencer un símbolo a los otros,
o aprender a contenerlos sin rencor?

El Perú no comenzó en la Independencia,
ni acabó el Tahuantinsuyo en Cajamarca;
la historia no obedece a los decretos
con que cada vencedor inaugura su comarca.

España no es un cuerpo extranjero
que pueda extirparse sin mutilación;
vive en la lengua con que negamos su herencia,
en el derecho, el apellido y la oración.

El Inca tampoco es una estatua
destinada a decorar identidad;
vive en la comunidad, la tierra y el silencio,
en otra concepción de reciprocidad.

La República no es una impostura
por haber nacido entre contradicción;
es la promesa todavía no cumplida
de hacer a cada hombre parte de la nación.

El cuarto estandarte no será otra tela,
ni un nuevo escudo para reemplazar;
será la conciencia histórica reconciliada
que no necesite destruir para afirmar.

Tendrá del Sol el sentido de los límites,
la certeza de un orden anterior;
de la Cruz, la dignidad de cada hombre
y el juicio que se eleva contra el vencedor.

Tendrá de España cabildo y lengua,
Universidad, archivo y tradición;
y de las Cortes la idea peligrosa
de que también el Rey debe dar razón.

Tendrá del Inca caminos y terrazas,
el deber de coordinar diversidad;
el centro no como dueño de la periferia,
sino como articulación de reciprocidad.

Tendrá de la República la igualdad,
el derecho a elegir y disentir;
pero sabrá que no existe libertad duradera
sin aprender también a obedecer y servir.

No obedecer al hombre por ser fuerte,
ni al Estado porque pueda castigar;
obedecer la ley que se reconoce justa
y resistirla cuando exige claudicar.

No servir al partido ni al caudillo,
ni convertir el cargo en posición;
servir al bien que sobrevive a los gobiernos
y que hace de la patria una misión.

Entonces la vicuña será libre
sin que su riqueza vuelva a ser botín;
la quina curará nuestras heridas
y la cornucopia financiará el porvenir.

El cóndor cruzará las macro-regiones
sin hallar fronteras dentro del Perú;
el Qhapaq Ñan será fibra y carretera,
puerto, escuela, datos, agua, energía y salud.

Las Columnas dirán aún Plus Ultra,
pero no para conquistar el ultramar;
sino para vencer la costa del centralismo
y hacer que el Estado aprenda a llegar.

La Cruz de Borgoña no llamará a la guerra,
sino a cargar la carga del menor;
el aspa será dos historias enlazadas
en un madero que limita al poder vencedor.

El Disco Solar no pedirá sacrificios,
sino que recuerde toda administración
que gobernar es recibir una energía
y devolverla multiplicada a la población.

La Bandera no cubrirá silencios,
ni absolverá mediocridad o corrupción;
será el juicio que cada 28 de julio
pronuncie la patria contra nuestra omisión.

No diremos “Viva el Perú” como consigna
para escapar del deber de construir;
vivirá si nuestras obras lo sostienen,
morirá allí donde prefiramos solo exigir.

La patria no es el Estado solamente,
ni somos todos Estado por igual;
este es aparato, norma, fuerza y burocracia,
aquel monopolio que se presume legítimo al actuar.

Pero la patria excede al Leviatán:
es memoria, vínculo, promesa y comunidad;
el Estado debe servirla sin absorberla,
y la nación vigilarlo sin negar su necesidad.

Porque sin fuerza el derecho es una súplica,
y sin derecho la fuerza es opresión;
la política consiste en dar a ambas
una forma, una medida y una finalidad superior.

No habrá segunda independencia en una fecha,
ni un libertador que venga a concluir;
cada generación recibe el mismo encargo:
hacer que el Perú merezca persistir.

Quizá el monárquico que fui en otro siglo
habría defendido un Rey bajo la ley;
no por nostalgia de cadenas extranjeras,
sino por temor a tantos hombres queriendo ser rey.

Hoy no reclamo cetro ni dinastía,
pero conservo aquella preocupación:
¿qué símbolo preserva la continuidad
cuando la política vive de la demolición?

¿Quién habla por los muertos no electores,
por los hijos que aún no pueden opinar,
por la tierra que no vota en los comicios
y por el pacto que el presente puede hipotecar?

Una nación es también alianza
con aquellos que no pueden concurrir:
los que fundaron sus instituciones
y quienes heredarán lo que decidamos destruir.

Burke vio un pacto entre generaciones;
los Andes lo supieron al sembrar:
nadie cultiva únicamente para sí mismo,
ni levanta una terraza para verla terminar.

Allí se encuentran Corona y ayllu,
tradición y solidaridad;
el hombre recibe un orden incompleto
y responde transmitiéndolo con mayor capacidad.

Ese será el cuarto estandarte:
no un paño, sino una disposición;
la voluntad de ser herederos responsables
y no propietarios absolutos de la nación.

EPÍLOGO

Veintiocho de julio

Hoy las campanas despiertan las plazas,
la escarapela ocupa el corazón;
el rojo y blanco regresan a las calles
y el himno vuelve a pronunciar su invocación.

Pero debajo del uniforme y la parada,
más allá del discurso y el balcón,
el Perú pregunta a quienes lo celebran
si heredaron su dolor o solo su condecoración.

El Sol aún arde sobre el Coricancha,
aunque otro templo vista su solar;
la Cruz aún juzga nuestras espadas,
aunque el poder pretenda secularizar su altar.

Las Columnas todavía miran al océano,
el cóndor sigue midiendo la extensión;
la vicuña huye, la quina sana,
la cornucopia espera administración.

Grau continúa en medio de la niebla,
Bolognesi permanece ante el final;
no como bronces inmunes a la historia,
sino como preguntas de conducta personal.

Pachacútec contempla nuestras ciudades,
Vitoria examina nuestra legalidad;
San Martín pregunta por el orden,
y Bolívar por la fuerza de la unidad.

Ninguno puede gobernarnos desde el mármol,
ni sustituir nuestra deliberación;
los héroes no regresan a salvarnos,
pero su memoria agrava nuestra obligación.

No somos inocentes de la ruina
por haber nacido después de su creación;
cada generación administra los escombros
y decide si serán cimiento o demolición.

Que nadie llame amor a la indulgencia
que convierte cada vicio en tradición;
amar al Perú es juzgarlo con esperanza
y exigirle la altura de su vocación.

Que nadie llame odio a la memoria
por recordar conquista y explotación;
la verdad no divide a una patria adulta:
la divide la mentira usada como absolución.

No somos solo hijos de los incas,
ni prolongación de la Monarquía ultramar;
no somos únicamente la República
que una mañana se proclamó frente al mar.

Somos el conflicto vuelto herencia,
el barroco de piedra, sangre y ley;
el cóndor que atraviesa las Columnas,
el ciudadano que aún busca limitar al rey.

Y el rey no siempre lleva una corona:
puede ser partido, dinero o vanidad;
puede llamarse pueblo, líder o justicia
mientras exige inmunidad para mandar.

Por eso el trono debe estar vacío,
y la Bandera, encima del poder;
no como ídolo que absuelva al gobernante,
sino como deuda que lo obliga a responder.

Este veintiocho no celebro una ruptura
como si antes no hubiera existido el Perú;
celebro que seguimos intentando
dar una sola historia al Sol, la Cruz y el sur.

No añoro el Virreinato ni su jerarquía,
ni idealizo al Inca o la rebelión;
busco en sus símbolos dispersos
los materiales de una futura construcción.

La independencia no fue una llegada,
sino el instante de asumir la conducción;
desde aquel día ya no hubo otra Corona
a quien culpar por nuestra desarticulación.

Y aunque otros imperios aún condicionen
la economía, la técnica o la decisión,
ninguna dependencia externa explica por completo
la renuncia interior a nuestra obligación.

Ser libre es no entregar a otro la culpa
por todo aquello que pudimos corregir;
la soberanía comienza cuando un pueblo
acepta el precio de decidir y construir.

Que flamee, pues, el rojo de la sangre
que no pregunta el siglo ni el color;
que el blanco no sea olvido de las culpas,
sino una paz edificada sobre la verdad y el honor.

Que el Disco ilumine la memoria,
que la Cruz limite la dominación,
que las Columnas abran el horizonte
y la Bandera reúna la contradicción.

No pido al Perú que sea perfecto,
ni que renuncie a toda cicatriz;
le pido que convierta sus fracturas
en la arquitectura consciente de su porvenir.

Y cuando el último clarín se apague
y el balcón recobre su soledad,
que quede una pregunta entre nosotros,
más grave que el desfile y la solemnidad:

No si la patria fue alguna vez gloriosa,
ni si otro tiempo pudo ser mejor;
sino qué piedra añadimos a su casa,
qué límite impusimos al poder vencedor.

Porque una nación no vive de sus muertos,
aunque deba aprender a recordarlos al seguir;
vive de aquellos que reciben su legado
y aceptan no agotarlo para sí.

Así termina el canto, no la empresa;
el Perú permanece en construcción.
Tres estandartes custodian su memoria.
El cuarto espera nuestra generación.

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Icabod y la crisis del símbolo en la fe cristiana

Razón e Intuición: Revolución (Ensayo)